Toda historia tiene un principio

El verano pasado, el de 2015, nos acabábamos de cambiar de casa, estábamos encantados… Más espacio, más calma… No sé muy bien cómo pasó, empezó como una serie de conversaciones tímidas.


De hecho creo que recuerdo la primera; íbamos en el coche, atardecía, sonaba un disco que a los dos nos encanta y cantábamos y no podía quererle más. Se lo solté porque me salió solo, qué ganas me daban de tener un hijo con él en ese mismo momento, una persona pequeña a la que quisiéramos todavía más de lo que nos queremos entre nosotros. Y las conversaciones fueron tomando cuerpo y se hicieron plan, ¡estaba decidido! En primavera de 2016 nos pondríamos manos a la obra. Ayyy qué poco sabíamos entonces, ahora casi me da la risa al recordar esos momentos, como si pudiéramos planear algo…
Acabó el verano y nosotros nos fuimos de viaje bien lejos, creo que al menos yo lo sentí desde el principio como un viaje de transición. Ese viaje iba a ser el principio del final de una etapa, y al final fue el cierre en sí mismo. Viajar abre la mente, vimos muchas situaciones, muchas personas, muchos lugares distintos, y aunque no vimos miseria, si que vimos escasez y mucha mucha humildad. Volvimos muy revueltos, ¿cómo podemos ser tan simplistas? Lo tenía más claro que nunca, un bebé necesita a sus padres, necesita tiempo y amor… lo demás, es bastante secundario. Así que deshicimos todos los planes, nada de esperar a primavera, nos pondríamos a ello ya mismo.
Y así empezó todo, con un viaje que dio pie a otro que por desgracia no ha terminado todavía, y en medio más de un año, 12 meses enteros… ¿cómo puede cambiar la vida tanto y a la vez seguir todo igual? Estamos deseando llegar al siguiente destino…

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